La Pasión del Ego, de Zo d’Axa

La Pasión del ego de Zo d´Axa

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5€ – 32 páginas

El deslumbrante París de finales del siglo XIX era también la capital del anarquismo mundial. Las bombas anarquistas habían conmocionado a la capital francesa. La ciudad era el hogar de los principales pensadores anarquistas, muchos de los cuales eran partidarios de la sustitución del Estado por un comunitarismo solidario que representara una forma de organización voluntaria. Entre los principales exponentes de este anarquismo comunitario se encontraban Grave, Michel, Faure, Pouget y Zisly. Todos ellos poseían la visión de una utopía que los hacía soñar con un futuro sin Estado, sin represión, sin clases sociales y sin guerras, pero de alguna manera organizado de manera voluntaria para enfrentar los riesgos de la vida. Pero hubo otros célebres anarquistas que habitaban en el Paris finisecular que exaltaron las virtudes del individualismo absoluto. Uno de los más destacados fue Zo d’Axa, para quien la esencia de la naturaleza anarquista residía en su indomable rebeldía y su inconformidad con toda forma de organización y convencionalismos, incluidos aquellos que podrían emanar de un eventual “movimiento anarquista”. “Somos individuos que hemos rebasado todas las doctrinas salvadoras. La sociedad nos disgusta, no engendramos convicciones y peleamos solo por el gusto de pelear, no por utopías o sueños de un futuro mejor”, así definió D’Axa el quid del verdadero pensamiento anarquista. Vivir el presente y abandonar diseños de futuros por luminosos que fuesen. No vivir para procurar fines inalcanzables, no hacerse ilusiones de futuro, sólo el presente cuenta.

Zo d’Axa, nació como Alphonse Gallaud de la Pérouse en 1864, en el seno de una de las más prestigiosas familias de Francia dentro de la que se contaban a navegantes, altos funcionarios y artistas. Deseoso de aventuras, dejó la su aburrida escuela y se alistó en el ejército colonial francés del cual pronto desertó en compañía de la esposa de su comandante. Vivió en Bruselas donde comenzó su carrera de escritor pero pronto se mudó a Italia, donde fungió como crítico de arte. En 1889 fue amnistiado por su deserción y dos años más tarde comenzó a publicar su primer periódico satírico anarquista “L’Endehors”, el cual se convirtió en centro focal para los anarquistas del fin de siglo. Los escritos de Zoe eran virulentas sátiras con las que se mofaba del orden establecido, lo cual supuso la persecución judicial y arresto de los editores “L’Endehors” en varias ocasiones. La represión antianarquista en Francia se volvió insoportable, sobre todo después del asesinato, en Lyon, del presidente Sadi Carnot, el cual provocó el célebre “Juicio de los Treinta” al cual debieron comparecer las principales figuras del anarquismo francés. Por su parte, tras un largo arresto en la prisión de Mazas, Zoe abandonó el país para viajar por Holanda, Alemania, Italia (donde fue arrestado), Turquía y Palestina, donde fue nuevamente hecho prisionero y deportado a Francia donde pasaría 18 meses en la cárcel.

Una vez libre, en 1894, escribió una relación de sus aventuras, “De Mazas a Jerusalem” que recibió muy buena crítica. Durante el affair Dreyfus apoyó la causa del injustamente condenado, aunque eso no lo privó de comentar: “Dreyfuss es, de todas maneras culpable. Si no fue traidor, sí era capitán del ejército, lo cual es mucho peor” Empezó entonces una nueva aventura editorial, “La Feuille,” que ganó notoriedad cuando postuló a un asno para ser electo a la Asamblea Nacional. En 1900, completamente hastiado de la podrida política de la III República, inició un largo viaje por todo el mundo que duró muchos años. Finalmente regresó a Marsella donde se suicidó, en 1930.

Para D’Axa el anarquista es un individuo sin ninguna fe redentora. La sociedad le disgusta. No se hace ilusión alguna con el futuro. No tiene sentido vivir en pos de un paraíso cuyo advenimiento será eternamente aplazado. El verdadero anarquista es escéptico por naturaleza, por eso no milita en organización o grupo de ninguna clase y desde el momento en que empieza a hacerlo pierde su sentido como hombre libertario y se convierte en un feligrés más. Es, antes que nada, un individualista que se concentra solamente en la batalla inmediata de una guerra que nunca termina y jamás se presenta en los mismos términos, pues los enemigos siempre varían.

Sostenía una posición muy original en el movimiento anarquista, una visión con preocupaciones existenciales complejas. El sentido de su rebeldía ante el mundo lo impelía a buscar el asombro y la dedicación a vivir y gozar de nuevas experiencias, algo que al anarquista no le debe abandonar jamás, porque lo contrario es caer en las garras del conformismo. Outsider nato, el uso de la ironía y su postura de cínico observador desconcertaron a sus contemporáneos, incluso los más cercanos. De él dijo Adolph Retté “Es un hombre raro, contento simplemente con ser él, sin partido, etiqueta o inclinación política alguna”. Algunos deploraban su ardor revolucionario del buen anarquista que según ellos estaba siendo despojado por los conceptos individualistas e irracionales de D’Axa, por su inclinación a una revolución no sólo social sino sobre todo personal, que condujera al desarrollo de individuos libres y soberanos.

“Hay que ir mucho más allá de las reglas y de las teorías, incluso de aquellas que postulan los anarquistas, porque todos los grandes objetivos políticos son irrelevantes comparados con los gozos y experiencias del individuo que de verdad quiere ser libre. La rebelión se expresa no sólo con la violencia o subversión social sino también con la intensidad en que somos capaces de vivir plenamente la vida, única y genuina rebeldía libertadora”.

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